"SER MADRE, SER MUJER" Por: Psic. Zam Tejeda

 “Ser madre, ser mujer”

Por: Psic. Zam Tejeda


Hola queridos lectores, en esta ocasión estoy muy emocionada de hablar de un tema sumamente importante, que aparte de hacer referencia a una fecha en donde celebramos a esa persona valiosa y significativa con la que compartimos nuestros primeros 9 meses dentro de su cuerpo, da una oportunidad maravillosa para abordar un tema que a mi parecer es de suma importancia, la maternidad.

En esta ocasión abordaré el tema desde una perspectiva psicoanalítica, la cual considero idónea para generar reflexión, para comenzar hablaré sobre la figura materna la cual no solo cumple una función biológica o social, sino que representa uno de los pilares más determinantes en la construcción del aparato psíquico, el desarrollo emocional y la estructuración de la identidad del individuo, la madre como primera “otredad” significativa es mirada, sostén, lenguaje, deseo y también límite para ese ser en construcción.

La relación entre una madre y su hijo o hija es, en muchas ocasiones, el primer vínculo emocional profundo que experimenta un ser humano. Es en los brazos maternos donde se experimenta por primera vez la sensación de seguridad, de pertenencia, de sostén sin condiciones. Desde la teoría psicoanalítica, este lazo no solo es afectivo, sino fundacional: es allí donde se gesta la confianza básica, la imagen de sí mismo y la percepción del mundo exterior. 

El rostro de la madre, su voz, su forma de mirar, de contener, de nombrar al hijo o hija, ese calor que brinda durante los primeros meses son elementos que dejan huellas indelebles en la construcción del psiquismo. Para Freud, la madre es la primera figura de amor; para Lacan, es la gran Otra, aquella que representa el deseo y que introduce al niño al mundo simbólico. Y aunque la presencia materna no siempre sea perfecta, su disponibilidad emocional y su capacidad de resonar con las necesidades del hijo juegan un papel determinante en el desarrollo de la salud mental futura.

Sin embargo, el vínculo madre-hijo no está exento de tensiones. La madre no es solo madre, sino que al mismo tiempo es mujer, es hija, es trabajadora, es ser humano. Y es en esa complejidad donde se generan muchas veces conflictos invisibles: ¿Cómo amar sin dejarse a un lado?, ¿Cómo cuidar sin agotarse?, ¿Cómo acompañar sin perderse? Estas preguntas son inevitables en una maternidad real, viva, humana. Son todos estos otros roles que se deben cumplir los que algunas veces quedan desplazados al volverse madre, los cuales no se pueden desplazar ni deben de llenar de culpa a la madre por cumplir y desempeñar distintas tareas.

La sociedad ha construido un ideal de madre que es tan inalcanzable como dañino. Se espera que la madre sea siempre paciente, amorosa, que esté siempre disponible, que sea sabia e incondicional, una especie de ser sagrado que nunca se equivoca, que no se cansa, que lo puede todo. Pero este mito no solo oprime a las mujeres; también afecta a los hijos, quienes muchas veces se enfrentan a una exigencia interna de tener una madre ideal, perfecta e infalible, y cuando falla es juzgada, señalada, culpada como la peor del mundo, acto que no debería pasar, es importante recordar y aceptar que la madre real es mucho más importante que la madre perfecta e idealizada. Es en el error, en la falta, en los límites, donde los hijos también aprenden a frustrarse, a separarse, a crecer a formarse como individuos funcionales. Una madre suficientemente buena —como diría Winnicott— es aquella que no lo hace todo bien, pero que está lo suficientemente presente para cuidar y sostener, y lo suficientemente ausente para permitir el desarrollo de la autonomía. 

Aceptar que no existe la madre perfecta es liberar a las mujeres de una carga imposible, y a los hijos de una expectativa irreal. Es entender que el amor materno no necesita ser heroico ni sin fisuras para ser real, formador y transformador. 

El vínculo madre-hijo no es un lazo estático ni perfecto. Es una danza constante entre el deseo de proteger y la necesidad de dejar ser, entre el instinto de cuidar y la urgencia de recordar que también se es mujer, se es persona, se es un ser deseante. Una madre no deja de ser quien es por amar; al contrario, su amor se vuelve más genuino cuando puede incluir su humanidad, su deseo, sus límites, su historia dentro de su maternidad. Liberar a la maternidad del ideal de perfección es también liberar a los hijos de una imagen imposible de mamá perfecta. Es permitir que ese vínculo originario esté hecho de amor real, de presencia sincera, de errores que enseñan y abrazos que sostienen. Es permitir que la maternidad sea una elección y no una imposición, una experiencia vital y no una obligación cultural. 

Como diría Julia Kristeva, psicoanalista y filósofa:

“Una madre no es solo una madre. Es, ante todo, una mujer que habla. Una mujer que ama. Una mujer que desea.” 

Y quizás ahí está la clave: en permitir que las madres hablen, se nombren, se reconozcan más allá del rol que les ha sido asignado, para que la maternidad sea un acto de libertad y no de sacrificio. 

Celebremos a mamá en este día tan especial, pero sobre todo brindemos amor, atención, paciencia y agradecimiento cada día, reformulemos nuestros vínculos, sanemos nuestra relación y amemos tan puramente como es ese amor cálido de mamá. 

¡¡¡¡Feliz día de las madres!!!!

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